Estoy en Córdoba, con mi familia, por dos meses y medio. Es un tiempo largo para mí, pero para Santi, mi sobrino de cuatro años, todavía no es una medida que se entienda.
Las tres veces que lo vi desde que llegué, me preguntó si ya me iba. Si hablo con mi mamá de una mochila, pregunta. Si digo «cuando vaya», pregunta. A veces quiere saber si me voy a la casa de la abuela o a la mía (que es la que está lejos). No lo dice con enojo ni con reproche. Lo pregunta como quien chequea algo para quedarse tranquilo. Con pocos años entendió algo que es cierto: la tía Luz casi nunca está físicamente, y cuando viene, el tiempo se acaba rápido.
Le dije que esta vez me quedo casi 100, que es la palabra que él usa cuando algo es muchísimo. No sé cuánto entiende de eso todavía. Lo que sí noto es que me duele esa imagen. No porque sea falsa, sino porque es la que dejaron mis idas y venidas, y no es la que me gustaría que tenga de mí.
Pensando en eso, me acordé de algo que le dije a mi mamá sobre mi papá. Le dije que el papi es alguien que siempre parece que se está yendo. Lo dije por cómo lo veo: cuando llega a un lugar, parece estar pensando ya en el momento de volver. En los eventos con mucha gente, va y acompaña, pero se lo ve más cómodo cuando se acerca la hora de estar en casa.
Pero eso es lo que yo veo desde afuera. No sé qué siente él. Puede ser incomodidad,, puede ser la tranquilidad de estar en su casa, puede ser otra cosa que no se me ocurre. Y sé que esa imagen es una lectura mía, con lo poco que llego a ver (porque mi papá también es de los que «llevan la procesión por dentro»).
Así es como ayer se me juntaron las dos escenas. Santi me ve como alguien que se va. Yo veo a mi papá como alguien que a veces se quiere ir. En ninguno de los dos casos lo que se ve tiene por qué coincidir con lo que realmente pasa por dentro. Yo no me siento alguien que siempre se va: me siento alguien que vuelve cuando puede. Y quizás mi papá tampoco se siente así.
También me pregunto qué parte de lo que me molesta de esa actitud de él, es lo que me reconozco a mí. Yo también tengo algo de su ansiedad, y sé que desde otro lugar alguien podría ver en mí lo mismo que yo veo en él.
Hace un tiempo me tatué en el brazo un pedazo de la canción «Quedándote o yéndote», de Luis Alberto Spinetta: Amar amar hasta morir. Lo elegí mucho antes de escribir esto, y hoy le sumo otras capas de lectura. Ahora pienso que el amor de esa frase no depende de estar o de irse, ni de dónde esté el cuerpo: se puede estar lejos y seguir presente. Esta vez me quedo casi 100. Y cuando me vaya, me gustaría que Santi pueda pensar en mí como alguien que estuvo, y no solo como alguien que se fue.
No tengo una conclusión cerrada sobre todo esto. Solo sigo pensando en cuánto de lo que reflejamos en los demás es lo que sentimos, cuánto es lo que el otro necesita entender de nosotros, y qué hacemos cuando esa imagen nos llega de vuelta.
Como ya se viene haciendo costumbre, las lecturas me llevan a ir un poco más allá y siempre hay algo que se conecta con sensaciones que estoy experimentando. Desde hace unos días estoy leyendo La luz y la montaña, de Soledad Urquía y en un momento del libro, aparece esta pregunta: «¿Será esa la función de las montañas, contener la emocionalidad del agua?». Si bien lógicamente la pregunta funciona en el tiempo y el espacio en el que está planteada dentro del libro, yo no pude no trasladarla hacia otros lugares… porque si hay algo que se desborda cada vez que pienso en Córdoba, es la nostalgia.
Yo creo que es porque la semana que viene viajo a Córdoba y aunque ya hace diez años que me fui, cada vez que vuelvo pasa lo mismo: extraño. Lo más loco para mí es pensar que a veces extraño estando ahí, porque me encuentro con que las cosas ya no son como eran (sueno a señora, sí ya lo sé).
Hay algo de no ser ni de acá ni de allá… esa sensación que tenemos quienes nos fuimos, y más cuando volvemos. A veces algún amigo me explica cosas de Córdoba como si yo nunca hubiera vivido ahí, y aunque entiendo de dónde viene, un poco me choca (digamos todo)… nací ahí, crecí ahí, viví veinticinco años. Mi forma de ser tiene que ver con esa ciudad, pero para algunos, ahora soy la que se fue, y aunque vuelva, vuelvo de visita.
Una calle que era mano única ahora es doble mano, o es mano para el otro lado. Un boulevard que yo recuerdo medio abandonado ahora está lleno de flores y luces. El local de ropa donde compraba ya no existe. La cafetería del centro a la que iba con amigues o con mi hermana ya cambió de dueño, de nombre o de estética.
Y obviamente que una ciudad muta, se trasforma, se adapta… pero eso significa que el mapa que tengo adentro mío de esa ciudad ya no calza con la ciudad real. Toca volver y actualizar algo que en mi cabeza se había quedado quieto como en una foto.
La realidad es que son muchas las cosas que cambian, pero las montañas, no.
Córdoba es una ciudad de montañas, lógicamente están ahí desde antes de que yo naciera y van a seguir (eso espero) estando ahí cuando yo ya no esté… Mientras todo lo demás se corre de lugar (las calles, los negocios, el sentido de las manos), las sierras se quedan quietas, marcando el mismo borde que marcaban cuando era más chica o cuando aún vivía por allá.
Entonces pienso que a lo mejor la pregunta del libro tiene una respuesta muy concreta y es que para mí la montaña es el único punto fijo en medio de todo lo que se desbordó y se transformó. Por eso cuando llego y me invade esa mezcla de alegría y pérdida, hay algo que sigue estando exactamente donde lo dejé.
En mi viaje por Córdoba seguramente voy a volver a ver montañas, mis papás de hecho se hicieron una casita casi dentro de ellas. Y creo que voy a prestar mucha más atención a esas montañas que siguen igual, conteniendo la nostalgia que viaja conmigo, de acá para allá y de allá para acá.
Estoy leyendo Las palabras justas, de Milena Busquets, una especie de diario en el que cada día ella escribe unas líneas, a veces una página, otras un pensamiento. Básicamente, el sueño de mi vida jajaja lo digo porque nunca conseguí sostener esa rutina de sentarme, abrir un cuaderno y escribir todos los días algo de lo que pienso.
El libro no me había enamorado, lo venía leyendo con cierta distancia, encontrando algunas cosas interesantes, otras que no me decían demasiado. Hasta que llegué a septiembre donde empecé a marcar pequeñas partes que me dispararon más preguntas.
La primera:
Y, pocas páginas después:
Lo primero que pensé fue que honestamente no sé si esas personas existen…
Lo segundo que pensé fue que, paradójicamente, durante mucho tiempo, sospecho que yo fui una de ellas para los demás. Alguien que parecía tener una vida bastante ordenada, que sabía qué estaba haciendo, que podía vivir lejos, mudarse de país, resolver problemas y seguir adelante sin demasiados sobresaltos. No necesariamente porque quisiera engañar a nadie, sino porque mostrar que las cosas estaban bien también era una forma de evitar preguntas incómodas y, sobre todo, de no preocupar a quienes estaban lejos.
La realidad, claro, era bastante menos prolija. Por eso sé que parecer tener todo bajo control y tenerlo, son dos cosas completamente diferentes.
En terapia vuelvo bastante sobre el control, sobre mi necesidad de anticiparme, organizar, prever escenarios, “resolver”, tener alguna respuesta preparada para lo que todavía no ocurrió. Y la conclusión es sencilla e incómoda… nada está realmente bajo mi control.
Nada.
Estas últimas semanas alguien parece haber tocado una ficha de dominó. No sé exactamente cuándo se movió la primera, pero desde entonces escucho, metafóricamente, el pum, pum, pum de las demás cayendo una tras otra.
En los próximos meses voy a hacer un viaje a Argentina que no estaba previsto. Quiero estar cerca de mi familia en un momento de incertidumbre respecto de la salud de personas a las que quiero.
Dos meses y medio no son una vida, pero tampoco son unas vacaciones. Significan dejar mi casa, mis rutinas, mi espacio y mi red cotidiana para acercarme a otra red que siento que quiero acompañar. Córdoba sigue siendo uno de los primeros lugares que aparecen en mi cabeza cuando pienso en la palabra casa. Pero hace años que no vivo ahí, ya no tengo mi propia casa (aunque en la de mis viejos siempre sea bienvenida), mis propios horarios ni esos pequeños rituales que se construyen al habitar un lugar todos los días.
Y me pasó algo bastante sonso con la incertidumbre que manejo ante este viaje que empezó ocupándose de las grandes preguntas y terminó metiéndose en mis desayunos.
¿A qué me refiero? A que estos días pude pasar de pensar en la salud de mi papá o de una de mis amigas a buscar dónde comprar cúrcuma o semillas de zapallo en Córdoba Capital. Miro precios, comparo productos, calculo cuánto voy a gastar… pienso qué cosas necesito llevar y cuáles puedo conseguir allá. Intento reconstruir de antemano una rutina que todavía no empezó.
Puede parecer absurdo preocuparse por unas semillas cuando alrededor hay asuntos infinitamente más importantes. Pero quizás no lo sea. Cuando lo grande se me vuelve imposible de controlar, yo empiezo a ordenar lo chiquito. Y en mi caso lo «chiquito» tiene un motivo… con mi endometriosis, el desayuno correcto es la diferencia entre arrancar el día bien o arrancarlo torcida.
Está claro que no puedo controlar cómo evolucionará la salud de las personas que quiero. No puedo controlar cómo van a atravesar esos procesos quienes las acompañamos. Tampoco puedo evitar que la preocupación alcance a toda una red… porque es algo que se nota, los cuerpos se ponen en alerta, aparece el cansancio, la espera incómoda o la incertidumbre.
Pero sí puedo averiguar dónde comprar semillas de zapallo, puedo comprar un pasaje, hacer una valija, calcular gastos, organizar mis cosas, intentar que, en medio de un cambio grande, algunas pequeñas estructuras permanezcan en pie.
Quizás por eso me quedó dando vueltas la pregunta de Busquets sobre esas personas que “siempre parecen tenerlo todo controlado”. Porque la palabra “importante” en esa pregunta, tal vez no sea “controlado”… tal vez sea “parecen”. Una cosa es tenerlo todo bajo control y otra, muy distinta, es simplemente lograr que así se vea.
He estado del otro lado de esa apariencia. Sé lo fácil que es confundir la vida que alguien consigue mostrar con la vida que esa persona está intentando sostener.
No sé qué hacen durante todas las horas del día las personas que tienen seguridad económica y sentimental. Tampoco sé cómo hacen quienes nunca se sienten perdidas (aunque cada vez sospecho más que no existen).
Lo que sí creo que existe es gente intentando construir pequeñas certezas mientras todo lo demás se mueve. Y, contestando a la segunda pregunta de la autora, esto es lo más parecido que tengo de tener mis instrumentos y mis armas en la mano.
Hace unos meses, charlando con un amigo, le dije algo que hasta ese momento no había logrado poner en palabras o en realidad no había conseguido ordenar hasta que ese día salió, “me cuesta mucho encontrar mi propia versión en otros idiomas”. En inglés (y en mis nuevos intentos de francés), sobre todo.
Quizás pueda ser un tema de gramática, vocabulario o de práctica… quizás no. Pero cuando hablo en inglés, muchas veces siento que la que habla no soy del todo yo.
Hace unas horas vi un video de una persona que en un momento de su discurso en inglés pide permiso para hacer un cambio de idioma porque cuando habla desde el corazón, tiene que hacerlo en español. Lo dice casi como una disculpa, o como una aclaración necesaria antes de decir lo que realmente quiere decir.
Y ahí hice la conexión. Una podría pensar que la frase habla solo de nostalgia, de raíces, de la lengua materna como refugio. Pero para mí significó algo más puntual… hay entornos donde me alcanza con ser precisa, adecuada, clara. Un reporte, una reunión de trabajo, una explicación al pasar en la vía pública. Ahí el inglés me alcanza, y me alcanza bien, aunque muchas veces dude de mí misma. El problema aparece cuando lo que necesito decir no es preciso, sino verdadero… cuando necesito matices, ironía, calidez, vulnerabilidad… ahí es donde no me encuentro.
La persona que hablaba en el video se nota que se desenvuelve mucho mejor que yo en inglés, lo que me lleva a pensar que todo esto no se trata de un tema de nivel o de dominio técnico de la lengua. Esta persona elige el español para la parte que «sale del corazón».
Vale aclarar, que con el portugués no me pasa taaaanto lo mismo. Brasil fue el primer país al que me mudé después de vivir toda mi vida en Argentina, y probablemente tenga que ver con eso… fue la primera vez que tuve que pedir las cosas, hacer amigos, reírme, en un idioma que no fuera el español. Quizás por eso no siento la misma distancia, porque no lo aprendí para ser precisa, lo aprendí para ser y estar.
Momentáneamente, sigo teniendo esa distancia con mi versión en inglés (y seguramente la tendré si logro aprender francés), pero al menos sé que no es algo que sienta yo sola (gracias señor del video).
Todavía no sé si una puede construirse una versión de sí misma en otro idioma, o si eso es algo que simplemente aparece o no aparece. Por ahora, me sigue gustando mucho la mía en español.
El viernes tuve que hacerme unos análisis de sangre. Nada grave, solo chequear unos valores para saber si necesito otros complejos vitamínicos que le den pelea a los efectos de la endometriosis. Pero para mí, ir a un laboratorio nunca es un trámite menor… tengo un asunto con las agujas que viene de muy atrás.
Cuando tenía seis años tuve una peritonitis aguda y estuve internada mucho tiempo. Casi todas las noches venían a ponerme inyecciones, y no siempre de la manera más amable. Después vinieron otras cirugías, con los mismos protocolos: canalización, análisis, anestesia. Todo eso fue dejando marcas y aunque lo he trabajado mucho en terapia, el mundo de las agujas sigue sin ser un lugar cómodo para mí.
Me acuerdo de una vez, hace como unos quince años, que tuve que vacunarme contra la fiebre amarilla porque viajaba a Paraguay y era obligatorio. Le pedí a mi hermana que me acompañara y mientras hacíamos la fila empecé a llorar, no de un llanto desconsolado, sino de esas lágrimas que simplemente empiezan a correr solas. Mi hermana me preguntó qué me pasaba y yo le expliqué que esto me pasa siempre que vengo a vacunarme, a sacarme sangre o a ponerme una inyección.
Con los años aprendí a avisar antes. Cuando me siento en la silla del laboratorio y el bioquímico o la bioquímica está por empezar sus tareas, les digo, “capaz lloro” para que lo sepan de antemano. A veces me encuentro con miradas incómodas, esas que parecen decir «sos una mujer adulta, ¿por qué vas a llorar?». Aunque con el paso del tiempo dejé de pedir disculpas por sentir lo que siento, pero esas miradas de todos modos incomodan.
El viernes le dije lo mismo que digo siempre y la bioquímica, en vez de mirarme raro, me contestó: «No te preocupes, yo no hay vez que viaje en avión que no llore». Nos reímos las dos, y a mí esa respuesta me generó una relajación enorme. Me contó también que su hija se le ríe cada vez que vuelan juntas, porque ella llora.
Yo le contesté, sin pensarlo mucho: «Algún día va a encontrar qué es lo que a ella también la hace doler, o algo que le genere una incomodidad que la haga llorar». No se lo dije para desearle nada malo, sino porque el mundo es así… porque en algún momento, a todos y todas nos queda una pequeña huella, una cicatriz que nos hace llorar cada tanto.
Esa escena se me quedó dando vueltas todo el día, porque parece que ser adultas nos quita el permiso de llorar en público. Llorar en privado, quizás (o quiero creer) casi todo el mundo lo hace. Pero que algo te angustie o te emocione tanto en público como para que se te escape una lágrima, ahí empiezan las miradas.
Y sin embargo, a veces alcanza con un comentario sencillo, casi al pasar, para generar empatía. Para que la otra persona se sienta lo suficientemente contenida como para relajarse en medio de la tensión o de la emoción. Esta bioquímica podría no haber dicho nada, podría haber seguido con su trabajo sin más. Eligió, en cambio, compartir su propia fragilidad para acompañar la mía.
Hace muy poquito terminé Dorayaki, la novela de Durian Sukegawa. Es, en parte, la historia simple de una anciana que consigue trabajo en un puesto de dorayakis gracias a su talento para hacer an, la pasta de porotos dulces que rellena esas tortitas. Pero Tokue (así se llama) tiene las manos deformadas y algunas marcas visibles en el cuerpo por ser una sobreviviente de lepra, curada hace décadas, que sigue cargando con el estigma de una enfermedad que la sociedad japonesa trató durante gran parte del siglo XX como si fuera una mancha moral antes que un problema médico.
Esto es un Dorayaki japonés
Hay un pasaje del libro que es el disparador de todo este texto. Tokue les cuenta a los otros personajes cómo era vivir con la enfermedad activa: que la lepra afecta primero la vista, después la sensibilidad de manos y pies, y que la lengua es lo último en perderla. Y pregunta, casi al pasar: ¿se pueden imaginar lo que es sentir un sabor dulce en la boca sin poder ver ni tocar lo que se está comiendo? El desarrollo de la historia me generó inquietudes (por lo poco que sé sobre la lepra) y me llevó a investigar cómo fue esta historia en Argentina, y puntualmente mi provincia, Córdoba.
Un mismo patrón, en todos lados
La lepra (hoy se la llama enfermedad de Hansen, por el médico noruego que identificó el bacilo causante en 1873) tiene una historia de estigma que se repite con variaciones mínimas en culturas muy distintas entre sí. Desde la Antigüedad se la asoció con un castigo, y la respuesta casi universal fue la misma: expulsar a quien la tenía fuera de los muros de la ciudad. Recién en el siglo VI empieza a aparecer la figura del leprosario como un lugar de resguardo, generalmente a cargo de órdenes religiosas. No curaba a nadie, pero al menos había cuidado en vez de puro destierro.
El quiebre real llega en el siglo XX con los antibióticos: la enfermedad se vuelve tratable de forma ambulatoria y de contagio mucho más difícil de lo que se creía. El encierro deja de tener sentido médico. El problema es que en muchos países (Argentina entre ellos) el encierro se sostuvo igual, mucho después de que la ciencia dijera que ya no hacía falta.
Argentina: cuando el higienismo se cruzó con la eugenesia
Investigando un poco más entendí algo que honestamente no conocía… en Argentina el aislamiento no fue solo un capítulo tardío y bastante llamativo, sino parte de un movimiento médico-social más amplio, el higienismo.
El higienismo había nacido en el siglo XIX en Inglaterra y luego se expandió por Europa y América como respuesta al crecimiento acelerado de las ciudades y a las epidemias que ese crecimiento traía. La pobreza, el hacinamiento y la falta de agua potable se señalaban como causas de enfermedad, y también, cada vez más, los «hábitos» de la gente. En Argentina el higienismo no se quedó solo en cañerías… pasó a definir qué cuerpos, qué costumbres y qué poblaciones eran «sanas» o «peligrosas» para el conjunto social. Emilio Coni, el higienista argentino más destacado de fines del siglo XIX, llegó a imaginar una «ciudad ideal» moldeada enteramente por criterios de higiene pública.
Ese discurso fue ganando peso en las decisiones del Estado, que buscaba construir una nación «moderna» controlando la salud de la población y ahí, es donde se cruza con la eugenesia: la idea de que se puede mejorar a una población controlando quién se reproduce y qué características se transmiten. En Argentina, esa mezcla llevó a vincular la lepra con la «degeneración de la raza» y con la inmigración de pueblos considerados «incivilizados».
El resultado concreto fue que en 1939, doce años después de una ley que lo habilitaba, se inauguraron los leprosarios argentinos, con un régimen de aislamiento de tipo carcelario. Lo llamativo es el timing porque en Europa y en esos mismos años ya se discutía cerrar los leprosarios (la detección temprana y el tratamiento ambulatorio los habían vuelto innecesarios). Argentina los abrió igual, y los sostuvo hasta bien entrada la década de 1980, entre otras razones, para amortizar la costosa construcción, para mantener aislado a quien seguía viéndose como un peligro social, y porque el clima de ideas eugenésicas todavía pesaba mucho.
Para los años cuarenta funcionaban siete de estos «leprocomios» en el país: la Colonia Buenos Aires (hoy Hospital Baldomero Sommer) en General Rodríguez, la Colonia Pedro Baliña en Misiones, la Colonia Enrique Fidanza en Entre Ríos, el Leprosario Manuel Rodríguez en Santa Fe, la Colonia Maximiliano Aberastury en la isla del Cerrito, Chaco y la Colonia Juan José Puente, en Córdoba.
Entrar a uno de esos lugares significaba, en los hechos, dejar de ser hija, madre o esposa y pasar a ser «interna». Exactamente lo que le pasa a Tokue en la novela: separada de su familia siendo muy chica, trasladada a un hospital para enfermos de lepra, alejada incluso de la sociedad en general. El patrón se repite con una precisión incómoda a más de diez mil kilómetros de distancia.
El aislamiento recién empieza a desarmarse en los 80 ya que en 1983 se promulgó la llamada «ley de lepra», que puso el tratamiento obligatorio y gratuito en manos del Estado, aplicada efectivamente desde 1985. Hoy la enfermedad sigue existiendo pero en franco retroceso: se detectan entre 300 y 400 casos nuevos por año, sobre todo en las provincias del noroeste, nordeste y centro del país.
Córdoba, y un santo con lepra
De la Colonia Juan José Puente en sí no encontré demasiado detalle (me queda pendiente seguir buscando, ojalá me encuentre con testimonios de quienes vivieron ahí), pero apareció una conexión que no esperaba. El Cura Brochero, sacerdote cordobés canonizado en 2016, tuvo lepra los últimos años de su vida. La habría contraído por el contacto directo con los enfermos a los que asistía en Traslasierra, al parecer compartiendo el mate con ellos. La enfermedad lo dejó sordo y prácticamente ciego antes de morir, en 1914.
Me pareció un cruce curioso, casi un contrapunto de todo lo anterior porque la misma enfermedad que el Estado usaba para expulsar y esconder, en la biografía de Brochero terminó integrada a una narrativa de entrega y santidad. Vale la aclaración de que estas afirmaciones vienen de biografías periodísticas y eclesiásticas que coinciden entre sí, no de un estudio clínico al que pueda haber accedido.
Walsh, siete días en la isla de los resucitados
De todo lo que apareció en esta investigación, otra cosa que me quedó dando vueltas fue encontrarme con una faceta de Rodolfo Walsh que no conocía. En junio de 1966, con 39 años, escribió una crónica llamada «La isla de los resucitados» para la revista Panorama. Fue junto al fotógrafo Pablo Alonso a la Colonia Maximiliano Aberastury, en la isla del Cerrito, Chaco, y se quedaron ahí una semana, conviviendo con los internos.
La nota formó parte de una serie que Walsh escribió para Panorama durante 1966 y 1967 (también publicó «Carnaval Caté», «El expreso de la siesta» y «San La Muerte»), crónicas que años después se reunieron en el libro El violento oficio de escribir (1995). Digamos que se trató de una tarea muy parecida a la que hizo con Operación Masacre: meterse en un lugar que nadie quiere mirar y darle voz a quienes viven ahí, aunque en este caso el enemigo no fuera un régimen sino una enfermedad y el estigma que la rodeaba.
Lo que más me llama la atención, pensando en el libro que disparó todo esto, es lo físico del planteo: la crónica arranca contando que a esas personas no se las podía tocar aunque uno terminara sintiéndolas amigas. Es casi el mismo nudo que atraviesa Dorayaki: el cuerpo marcado, el tacto prohibido, y alguien (Walsh, en este caso, o el joven pastelero Sentaro en la novela), que decide mirar a la persona antes que a la enfermedad.
Hay un detalle pequeño y muy humano en la crónica: Walsh y Alonso tenían un ritual propio. Cada noche, al volver de estar con los internos, se lavaban las manos, y si alguno se olvidaba el otro le cantaba, a modo de broma, «agua y jabón, agua y jabón», (la fórmula con la que un cabo de la isla, casi un personaje mítico del lugar, llevaba veinticinco años esquivando el bacilo de Hansen).
La publicación no cayó bien en el Chaco en su momento porque se la vio como un obstáculo para las gestiones que buscaban recuperar la isla, justo cuando avanzaba una campaña de educación sanitaria coordinada por un médico local. Ahí aparece una tensión que se repite mucho en el periodismo de no ficción… la distancia entre mostrar la realidad tal cual es y lo que ciertos sectores locales necesitan proyectar hacia afuera.
Lo del higienismo fue lo que más me sorprendió de toda esta mini investigación y lectura, porque no lo conocía como movimiento y porque, al leerlo, es imposible no pensar en discursos de hoy. La lógica de fondo era que hay una «esencia» o una «pureza» del cuerpo social que hay que proteger, y ciertos cuerpos, ciertas costumbres, cierta gente que llega de afuera, ponen en riesgo esa esencia. La lepra fue, en su momento, uno de los vehículos concretos de esa lógica, se la asoció con la inmigración de pueblos considerados «incivilizados», y aislar a quien la tenía era, en el fondo, una forma de proteger algo más grande que la salud pública.
Ese razonamiento (que mezclar demasiado «diluye» o «contamina» algo esencial de una nación o una cultura) es el mismo que hoy aparece, con otro vocabulario, en ciertos discursos nacionalistas que se oponen a la migración. Ya no se habla de razas ni de degeneración en esos términos explícitos (aunque algunos personajes de las derechas del mundo no están tan lejos), pero la estructura del argumento es reconocible: hay una identidad que preservar y una amenaza externa que la pone en riesgo. Es un paralelismo que vale la pena tener presente, no tanto para sacar conclusiones cerradas sino para reconocer el patrón cuando reaparece, aunque venga con ropa nueva.
La curiosidad es esto: empezar un recorrido por una escena de ficción ambientada en Japón, sobre una mujer que no podía sentir el sabor dulce en la boca. Terminar en el Chaco, con Walsh lavándose las manos junto a un cabo que llevaba veinticinco años sin contagiarse, y en las sierras de Córdoba, con un cura que se contagió por compartir un mate. Nada mal, para un libro que solo hablaba de dorayakis.
Fuentes consultadas: Wikipedia (José Gabriel Brochero), notas de Infobae, Perfil, La Nación, La Capital y El Destape sobre Brochero; La Gaceta (carta de Brochero, 1913); artículos académicos sobre higienismo en Argentina (Diego Armus, Salud Colectiva; Vanesa Teitelbaum, Papeles de Población); y coberturas periodísticas sobre «La isla de los resucitados» de Rodolfo Walsh.
Hace unas semanas empecé, y terminé, de leer Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Lo agarré de una pila de libros que tengo comprados y sin leer, sin ninguna razón particular para elegir ese, y sin embargo el momento no fue casual: lo empecé en medio de algunas noticias no muy felices sobre la salud de gente que quiero mucho.
El libro arranca con una pregunta simple: ¿cuántas veces al día decimos gracias? Gracias por la sal, por el vuelto, por el pan. Unas gracias de cortesía, mecánicas, casi huecas. Y después la autora va un poco más allá: ¿cuántas veces en la vida hemos dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras, la expresión de una gratitud, de una deuda. ¿A quién?
No pude leer esa página y seguir de largo sin hacerme la misma pregunta. Y lo primero que se me ocurrió fue mandarles esa foto a mis dos amigas más preciadas, con las que nos conocemos desde los once años (tal cual el número de la página), y escribirles: gracias. Gracias por estar ahí, por bancarme, por entender que vivo en la loma del culo y que no nos podemos ver seguido, por seguir cerca a pesar de la distancia.
Mudarme a otro país me achicó la lista de gente que se acuerda de mí, o la de gente de la que yo me acuerdo. Con el tiempo aprendí a no insistir con vínculos que a la distancia no dan mucho más, y la lista se hizo más chica pero más concentrada. Ese día, después de mi caminata de todos los días, con el libro recién abierto en esa página, mandé la foto sin pensar en la diferencia horaria, sin calcular si las iba a despertar o si tenían el celular en silencio. Por una vez no medí nada, solo quise que ese gracias llegara en el momento en que lo sentí.
La lista de personas a las que quisiera agradecerles así, sinceramente, es mucho más grande que dos nombres: mi compañero, mis papás, mis hermanas, mis primas, mi tía, mi sobrino, al que conozco hace solo cuatro años y quiero con todo el corazón, a otras amigas y amigos. No voy a escribirle a cada una un mensaje de gracias por tal o cual cosa (sería raro, casi un brote), pero tampoco me cierra del todo dejar esas gracias tácitas, dando por sentado que la otra persona ya sabe. No porque piense que alguien me va a faltar mañana, sino porque no hace falta que falte nadie para que valga la pena decirlo a tiempo.
No soy una persona religiosa. No tengo a quién agradecerle en el sentido en que mucha gente que conozco le agradece a Dios, a la fe, a algo más grande. Pero creo que agradecer (a algo, a alguien, por algo concreto) debería ser bastante más habitual de lo que es. Tenemos incorporado el gracias automático del que compra el pan o el café. El otro gracias, el más profundo, el que reconoce que alguien te escuchó, te acompañó, te sostuvo, ese lo decimos mucho menos. Y ahí es donde, creo, empezamos a dar las cosas por tácitas.
Por eso quería escribir esto: para pensar en cuáles son las gratitudes que me mueven, o que me conmueven, como las llama la autora. Y para acordarme, la próxima vez, de no esperar a que sea el momento perfecto para decir gracias.
Discreto pensamiento discal. Pequeña hernia discal postero-mediana, con conflicto radicular bilateral. Discopatía protrusiva moderada, con conflicto radicular bilateral sobre las raíces. Lesiones tipo Modic en espejo a ambos lados del último disco.
Así empieza el informe. Lo leí cuatro, cinco veces, y cada vez entendía menos. Terminé haciendo lo que hace cualquiera que no tuvo nunca un acercamiento al mundo médico: googlear cada palabra, una por una, tratando de armar con retazos de internet una imagen de mi propia espalda.
Mi doctora fue paciente, me explicó, con otras palabras, que mi columna no estaba en buen estado. Y en algún momento, entre tantas definiciones, dijo algo que no sonaba a diagnóstico: que todas las personas, a medida que envejecemos, tendemos a achicarnos, pero que yo me estaba achicando más de la cuenta. Que había que volver a estirar, volver a una posición más erguida, recuperar el espacio perdido entre las vértebras.
Salí del consultorio con eso dando vueltas, sin prestarle demasiada atención. No explotó ahí. Explotó despacio, unas horas después, mientras hacía otra cosa completamente distinta… no me acuerdo qué.
Empezó como una idea suelta, casi tonta: «me estoy achicando». Y de esa frase, sin pedirlo, empezaron a desprenderse otras cosas. Pensé en el trabajo, en realidad, pensé en que no tengo uno. Pensé en lo difícil que ha sido no tenerlo y, por consiguiente, no contar con sus beneficios: compañeros, una rutina, algo que te desafíe aunque sea de vez en cuando, un objetivo que hace que la cabeza y el cuerpo estén activos, la posibilidad de aprender algo nuevo, hasta la posibilidad de mandarte una cagada y tener que resolverla. Nunca supe del todo la importancia que yo le daba a todo eso hasta que no estuvo más en mi día a día, hasta que llegué a lugares donde no conocía a nadie ni hablaba la lengua, y siempre tuve que empezar de cero. Situación que no pasó una vez, pasó cuatro.
De ahí la idea siguió bajando, pensé en los años en terapia, en cómo hace poco empecé a nombrar cosas que llevaba cargando sin saberlo, en cómo, en algún momento que no puedo señalar con precisión, me había desdibujado por completo. Había perdido noción de quién era, no porque alguien me lo hubiera quitado, sino porque la vida profesional (o la falta de ella) se había bifurcado y se había comido a todo el resto de la luz, que es, dicho sea de paso, mi nombre.
Y recién ahí, con todo eso puesto sobre la mesa, apareció la frase de la doctora otra vez, pero distinta a como la había escuchado en el consultorio. «Me estoy achicando» ya no era sobre mi columna, era sobre esto.
Achicándome en tamaño profesional, en ambición, en las ganas de comerme el mundo. Achicándome en la relación con mi cuerpo, con el dinero, con la mujer que era antes de migrar. No un achicarse de volumen (todo lo contrario, en un momento hasta subí de peso) sino un achicarme en las ganas de mostrarme.
La primera hernia me la encontraron en 2018/2019. Ya han pasado siete años desde entonces, siete años que, ahora que lo pienso desde la espalda, se explican bastante bien desde otro lugar.
Hoy releía las partes que subrayé de un libro que es, en realidad, una serie de cartas. En una de ellas, la autora dice algo que me quedó resonando: que todo puede ser un desastre, pero que si podés escribirlo, ya no tanto. Que escribir es una proposición ante el dolor, una forma de no hacer como si nada hubiera pasado.
Y sin embargo, para mí no siempre fue así.
Hay momentos en los que escribir no funcionó como estrategia ante el desastre, sino todo lo contrario: me enfrentó a él. Me obligó a ordenar lo que me estaba pasando, lo que me estaba doliendo, y ese ordenamiento no siempre fue posible. Me acuerdo de sentarme a escribir para intentar expresar lo que sentía, como algo terapéutico, y no poder pasar de cuatro o cinco palabras sin quebrarme.
Creo que tiene que ver con cómo proceso las cosas: primero por el cuerpo, después hacia afuera. Sentarme a escribir implicaba pasar por el cuerpo experiencias, sensaciones, dolores, felicidades… y no siempre podía hacer eso sin que me inundara por completo y me bloqueara al mismo tiempo.
Pero también es cierto lo otro… Hay momentos en los que escribir, de alguna manera, me salvó. Suena exagerado decirlo así, pero hay algo de un espacio que, si lo encontrás, si lo podés aprovechar, es muy terapéutico, no necesariamente porque lo que escribas suene bonito, sino por el espacio en sí.
Desde muy chica me vinculo con las palabras, siempre hubo quienes me hicieron saber que tenía la facilidad de encontrar las palabras adecuadas para determinados momentos. Al principio eso fue, sobre todo, un elogio: la que siempre sabe qué decir, la que encuentra la frase justa cuando nadie más la encuentra. Y por un tiempo lo viví así, como algo que me definía y que me gustaba que me definiera.
Pero en algún momento ese elogio empezó a pesar distinto. Dejó de ser algo que yo tenía y pasó a ser algo que se esperaba de mí. Como si mi lugar, en cualquier situación, fuera el de encontrar las palabras para resolver, para definir, para amenizar, feliz o triste, no importaba. Y cuando una es la que siempre tiene las palabras para los demás, es más difícil todavía admitir que, para una misma, a veces no las tiene.
Repensando esto ahora, me doy cuenta de algo: en los momentos en los que más perdida estuve, fue en los momentos donde más difícil se me hizo escribir. Es como si se bloqueara ese cable conductor que hay entre mi cabeza, mi corazón y mi mano. Ese triángulo se rompe.
No sé si es por miedo a encontrar las palabras adecuadas para definir lo que siento (porque ahí no se trata de algo que enuncio de otra persona, sino de mí misma). Cuando escribo para otro, aunque también lo paso por el cuerpo, esa experiencia sigue siendo de esa otra persona. Cuando tiene que ver conmigo, ese mismo ejercicio no lo puedo sostener igual, algo se corta, y dejo que el desastre me tome por completo.
Y entonces pienso: ¿y si en ese momento en el que realmente estaba pasando la horrible me hubiera refugiado en la escritura, en vez de alejarme a propósito? ¿Qué hubiera pasado? ¿Qué palabras hubieran sido las protagonistas de esos momentos tan oscuros?
No tengo la respuesta, y creo que es la primera vez que no me urge tenerla. Me quedo un rato ahí, en esa pregunta abierta, sin la necesidad de resolverla con una frase prolija, sin buscarle la palabra exacta que le dé cierre. Quizás esa sea, después de todo, otra forma de escribir el desastre: no explicándolo, no encontrándole la salida, sino quedándose el tiempo que haga falta con lo que todavía no se entiende.
Hoy es Lunes y hace tiempo que «¿cómo estás?» se volvió una pregunta difícil. Con la endometriosis ya venía costándome encontrar lo lindo para decir. Y estos días, con la palabra carcinoma dando vueltas en grupos de gente que quiero, siento que se profundizó: no puedo nombrar del todo lo que pasa, pero tampoco puedo fingir que no pasa nada.
Leyendo La encomienda, de Margarita García Roballo (escritora colombiana radicada en Argentina), subrayé un fragmento sobre el llanto: que arrasa con pesares atorados que nunca son los del momento, sino otros… se llora por lo pasado y por lo que ni siquiera sabemos que va a pasar. Y cuanto más intenso el llanto, más poderosa la corriente que se lleva todo por delante.
Eso me hizo pensar en cuánto lloré estas últimas semanas, justo en el medio de dudar si escribirle a una amiga, si contarle lo que estuve sintiendo. Quizás ese llanto tampoco era solo por lo de ahora.
Y ahí aparece también el silencio, en el medio de todo. El silencio a veces sana… da espacio, da tiempo para pensar mejor, para no descargar en el otro algo que todavía ni una misma terminó de procesar. Pero el mismo silencio, si se estira demasiado, empieza a malinterpretarse: parece indiferencia, parece que a la otra persona no le importa, cuando en realidad lo que hay del otro lado es justamente lo contrario. El equilibrio entre esos dos mundos (el silencio que cuida y el silencio que aleja) no tiene una regla fija, hay que ir midiéndolo cada vez.
Pienso en lo que dijo mi terapeuta sobre el miedo y los fantasmas, que nombrar ayuda a reconocer. Pero hay cosas que todavía no tienen nombre y apellido, o no son mías para nombrarlas del todo. No se trata de forzar lo positivo ni de vaciar el mensaje de lo que de verdad siento, sino de encontrar una forma de estar en contacto con las demás personas y que eso no dependa de tener algo resuelto o algo lindo para ofrecer primero.