El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • Después del diagnóstico me pasó algo bastante simple: me di cuenta de que no tenía del todo claro qué era la endometriosis.

    Había escuchado la palabra, había pasado por estudios, había hablado con médicas, pero aun así había cosas muy básicas que no terminaba de entender. Y en un proceso que ya de por sí es confuso, no entender lo que está pasando en el propio cuerpo solo lo vuelve más difícil y, a veces, más solitario.

    Por eso, antes de seguir escribiendo sobre mi experiencia, quizás tenga sentido detenerme en lo más básico: qué es la endometriosis, cómo se manifiesta y por qué puede ser una enfermedad tan difícil de diagnosticar.

    A pesar de su prevalencia, sigue siendo una enfermedad poco conocida. Muchas personas no saben identificarla, e incluso dentro del ámbito médico puede no ser la primera hipótesis.

    ¿Qué es?

    La endometriosis es una enfermedad en la que tejido similar al endometrio (la capa que recubre el interior del útero) crece fuera de él. Ese tejido responde a las hormonas del ciclo menstrual de forma similar al endometrio normal: se inflama, sangra y puede generar procesos inflamatorios.

    Según la Organización Mundial de la Salud, se estima que afecta a aproximadamente 190 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva en todo el mundo.

    El problema es que, al encontrarse fuera del útero, esa sangre y esa inflamación no tienen una vía natural para salir del cuerpo. Con el tiempo pueden provocar dolor, adherencias entre órganos y distintos síntomas.

    No se trata solo de dolor. La endometriosis puede generar inflamación persistente, adherencias y cambios en la forma en que funciona el sistema pélvico.

    Aunque suele asociarse únicamente con el sistema reproductivo, puede tener efectos más amplios en el cuerpo. En algunos casos también existe un componente hereditario: tener familiares cercanas con endometriosis puede aumentar el riesgo de desarrollarla.

    Como se puede ver por todo lo que nombré antes, la endometriosis no es simplemente “un mal período”.

    📚 Fuentes:

    ¿Dónde aparece?

    Los focos de endometriosis pueden aparecer en distintos lugares de la pelvis: ovarios, ligamentos uterinos, peritoneo, intestino o vejiga. En algunos casos también pueden encontrarse en otras zonas del cuerpo, aunque es menos frecuente.

    📚 Fuentes:

    ¿Qué se siente?

    Los síntomas pueden variar mucho entre una persona y otra, pero algunos de los más frecuentes son:

    • dolor menstrual intenso
    • dolor pélvico crónico
    • dolor durante las relaciones sexuales
    • dolor al ir al baño durante el período
    • cansancio persistente
    • problemas digestivos
    • dolor lumbar o en otras zonas

    Algunas personas también pueden tener dificultades para quedar embarazadas, aunque la endometriosis no afecta la fertilidad en todos los casos.

    Aunque muchas veces se la asocia únicamente con el dolor menstrual, la endometriosis no se reduce a eso. Puede afectar distintos aspectos de la vida cotidiana y no siempre se presenta de la misma manera.

    Muchos de estos síntomas no son visibles para el resto. El dolor, el cansancio o la incomodidad pueden formar parte de la rutina sin que necesariamente se noten desde afuera.

    📚 Fuentes:

    ¿Qué pasa con el diagnóstico? 

    Uno de los mayores desafíos de esta enfermedad es que el diagnóstico suele demorarse años. Muchas veces los estudios ginecológicos de rutina (como ecografías simples) no logran detectar lesiones pequeñas o profundas. Por eso no es raro que las pacientes atraviesen largos períodos de dolor sin una explicación clara.

    Otro aspecto importante es que la endometriosis no se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Hay quienes conviven con síntomas leves y otras que experimentan dolores incapacitantes. Algunas reciben el diagnóstico en la adolescencia y otras, como fue mi caso, recién en la vida adulta.

    Incluso hay personas que no presentan dolor, o cuyos síntomas no se identifican inmediatamente como parte de la enfermedad, lo que también contribuye a los retrasos en el diagnóstico.

    A esto se suma que muchas personas reciben diagnósticos erróneos en una primera instancia, o se les indica que sus síntomas son “normales” o exagerados.

    En muchos casos, el dolor es minimizado o interpretado como algo esperable dentro de la menstruación, lo que retrasa aún más la posibilidad de llegar a un diagnóstico.

    Actualmente no existe una cura para la endometriosis, pero sí distintas formas de tratamiento que buscan aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida.

    📚 Fuentes:

    La endometriosis es una condición crónica que, en muchos casos, impacta en la vida cotidiana más de lo que se suele asumir.

    Explicar la endometriosis de forma simple no significa que la experiencia de vivir con ella también lo sea. Hablar de esto, incluso de lo más básico, también es una forma de acortar distancias: con el diagnóstico, con el propio cuerpo y con otras personas que pueden estar atravesando algo parecido.

    En los próximos textos quiero intentar contar algunas de esas dimensiones más cotidianas: el dolor, las consultas médicas, los miedos y también las preguntas que muchas veces aparecen alrededor de esta enfermedad.

  • Marzo es el mes de concientización sobre la endometriosis. Después de atravesar un proceso diagnóstico largo y, por momentos, desconcertante, sentí la necesidad de empezar a poner algunas cosas en palabras.

    Durante este mes voy a intentar escribir sobre esta experiencia. No como una guía médica ni como un intento de explicar la enfermedad, sino como una forma de ordenar preguntas, recuerdos y darle entidad a algo que durante bastante tiempo preferí mantener en un segundo plano, incluso en negación.

    La endometriosis afecta aproximadamente a 190 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva en todo el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A pesar de esa prevalencia, el diagnóstico suele demorarse varios años. Diversos estudios citados por organizaciones como la Endometriosis Foundation of America y la World Endometriosis Society estiman que el tiempo promedio entre la aparición de los síntomas y el diagnóstico puede oscilar entre 7 y 10 años.

    Mi historia con la endometriosis no empezó en la adolescencia, como suele describirse en muchos casos. De hecho, ese fue uno de los motivos por los que durante mucho tiempo nadie pensó en esa posibilidad.

    Durante años mis menstruaciones no estuvieron marcadas por dolores particularmente intensos. Incluso empecé a menstruar más tarde que muchas de mis compañeras del colegio. Recuerdo que varias de ellas comenzaron a hacerlo tres o cuatro años antes que yo, y en mi propia familia ocurrió algo parecido: una de mis hermanas empezó a menstruar antes que yo, a pesar de ser menor.

    Por eso, cuando los síntomas comenzaron a aparecer en mi vida adulta (ya pasados los treinta), la posibilidad de endometriosis rara vez aparecía en las conversaciones médicas. Sin embargo, la enfermedad puede presentarse de formas muy distintas, y esa variabilidad es uno de los factores que contribuyen al retraso en el diagnóstico.

    Con el tiempo empezaron a aparecer episodios de dolor menstrual cada vez más intensos. No era simplemente incomodidad: había días en los que el dolor se volvía incapacitante. Necesitaba ayuda incluso para ir al baño y llegué a perder el conocimiento más de una vez en un mismo día. Sin embargo, cuando comenzaron los estudios médicos, los resultados parecían indicar que todo estaba dentro de parámetros normales.

    En agosto de 2023 me realicé una ecografía transvaginal, uno de los estudios más habituales en ginecología para evaluar los órganos pélvicos. Este tipo de ecografía permite obtener imágenes detalladas del útero, el endometrio, los ovarios y otras estructuras pélvicas.

    El informe describía un útero de tamaño y forma conservados, un endometrio regular y ovarios sin masas quísticas ni sólidas. También señalaba que el útero se desplazaba libremente durante el examen, sin evidencia de adherencias al recto ni a la vejiga. En términos médicos, el estudio no mostraba alteraciones relevantes.

    Ese mismo mes me realicé otros controles ginecológicos de rutina. El Papanicolaou, una prueba utilizada para detectar alteraciones celulares en el cuello del útero, informó la presencia de cambios inflamatorios inespecíficos.

    También me realicé una videocolposcopía, un estudio que permite observar el cuello uterino mediante aumento óptico. En mi caso el informe mencionaba una exocervicitis difusa, es decir, una inflamación del tejido externo del cuello del útero.

    En conjunto, todos estos estudios parecían confirmar una situación que muchas pacientes con endometriosis conocen bien: los resultados aparecían como “normales”, pero el dolor seguía estando ahí.

    La endometriosis es una enfermedad en la que tejido similar al endometrio (la capa que recubre el interior del útero) crece fuera de él. Este tejido responde a las variaciones hormonales del ciclo menstrual y puede provocar inflamación, cicatrices internas y adherencias entre órganos.

    Según publicaciones médicas como las revisiones clínicas de The Lancet o guías de la American College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG), los focos de endometriosis pueden aparecer en distintas zonas de la pelvis, incluyendo los ovarios, el peritoneo, los ligamentos uterinos e incluso estructuras cercanas al intestino o la vejiga.

    Sin embargo, cuando las lesiones son pequeñas o se encuentran en planos profundos de la pelvis, los estudios de rutina pueden no detectarlas. Durante mucho tiempo esa fue exactamente mi situación: el dolor estaba presente, pero las imágenes no mostraban nada concluyente.

    El punto de inflexión llegó recién en febrero de 2025, cuando decidí consultar nuevamente con mi ginecólogo en Argentina. Después de haber pasado por varias especialistas en Luxemburgo sin obtener respuestas claras, fue él quien sugirió probar con un estudio más preciso: una resonancia magnética de pelvis con contraste.

    La resonancia magnética es un estudio de imágenes que utiliza campos magnéticos para visualizar los tejidos internos del cuerpo con mayor detalle que una ecografía. En mi caso, el estudio se realizó además con gadolinio, un tipo de contraste intravenoso que permite resaltar mejor ciertas estructuras y detectar con mayor precisión lesiones pequeñas o adherencias entre órganos.

    El procedimiento en sí no es particularmente agradable, y para quien no sabe, implica permanecer inmóvil dentro de un tubo estrecho durante varios minutos mientras el equipo genera una serie de ruidos intensos. A eso se suma la inyección del contraste, que puede generar una sensación de calor en el cuerpo durante algunos segundos.

    Pero en este caso el estudio permitió ver lo que hasta entonces había permanecido invisible. El informe identificó un foco de endometriosis de aproximadamente 12 milímetros localizado en el torus uterino, una estructura anatómica situada en la parte posterior del útero que forma parte del complejo de ligamentos que lo sostienen dentro de la pelvis. Ese foco presentaba además una adherencia al tercio superior del recto, lo que indicaba la presencia de endometriosis profunda.

    El estudio también describía un pequeño endometrioma de aproximadamente 4 milímetros en el ovario izquierdo. Los endometriomas son quistes ováricos formados por tejido endometriósico que acumula sangre antigua en su interior, lo que les da una apariencia característica en los estudios de imagen.

    Durante mucho tiempo el dolor estuvo ahí sin una explicación clara. Nombrarlo no lo hace desaparecer, pero cambia algo fundamental: me permite empezar a entender qué está pasando dentro de mi cuerpo. Quizás por eso decidí escribir durante este mes sobre la endometriosis, no para cerrar una historia, sino para intentar pensarla un poco mejor.

  • Entre la experiencia y la categoría

    Consentimiento, victimización y escucha en el derecho penal a partir de “La llamada” de Leila Guerriero

    Hace unos meses terminé un seminario sobre autonomía de las víctimas en los procesos penales. Entre las lecturas estaba La llamada, de Leila Guerriero. No era un libro “de derecho”, pero terminó siendo el que más preguntas me dejó.

    Leer La llamada no produce la incomodidad habitual de los libros que trabajan con experiencias de violencia política. No hay revelaciones espectaculares ni un despliegue enfático del horror. Lo que aparece, en cambio, es una conversación sostenida en el tiempo, atravesada por silencios, resistencias y límites. Silvia Labayru, sobreviviente de la ESMA, habla, pero también se corre; responde, pero a veces desvía; recuerda, pero no siempre del modo en que se espera de alguien a quien se le pide testimoniar.

    Esa forma de decir (y de no decir) fue lo que más me obligó a detenerme durante la lectura. No por lo que faltaba, sino porque hacía evidente que no toda experiencia de daño quiere ser narrada bajo las formas disponibles. Hay pasajes en los que la entrevista parece rozar un borde: una pregunta que incomoda, una respuesta que se retrae, una escena que queda suspendida. Y en ese borde aparece algo que no es exactamente silencio, pero tampoco es confesión. Es una forma de agencia mínima, frágil, que se expresa en la administración del propio relato.

    Esa incomodidad se volvió un punto de partida al leer el libro en paralelo con los textos del curso sobre autonomía, consentimiento y víctimas en el derecho penal. Porque mientras el derecho trabaja con categorías que buscan ordenar la experiencia (víctima, violencia, consentimiento, daño), La llamada parece insistir en lo contrario: en la imposibilidad de una traducción completa. No porque la violencia no haya existido, sino porque su narración no se deja capturar sin restos.

    Desde una primera lectura, el libro puede leerse como un ejercicio de memoria. Sin embargo, leído desde las discusiones feministas y jurídicas que me atravesaron en el curso, aparece otra capa: La llamada pone en escena el problema de cómo se construye la verdad cuando lo que está en juego no es solo qué pasó, sino cómo puede ser dicho sin quedar fijado en una identidad que no necesariamente se desea habitar. Labayru no se presenta a sí misma como “víctima” en el sentido pleno que esa categoría suele adquirir en el lenguaje jurídico. Y, sin embargo, su experiencia es una experiencia de violencia extrema.

    Esta tensión abre una pregunta que atraviesa este ensayo: ¿qué ocurre cuando la experiencia del daño no encaja cómodamente en las categorías jurídicas disponibles? ¿Qué se pierde, y qué se fuerza, cuando el reconocimiento del daño exige adoptar una forma de relato específica, coherente, legible, incluso emocionalmente esperable? Lejos de proponer una respuesta cerrada, este trabajo parte de esa incomodidad como punto de entrada para pensar los límites del consentimiento como criterio explicativo, el riesgo de quedar fijada en la identidad de víctima y el lugar de la escucha como práctica feminista frente a un derecho penal que necesita clasificar para poder intervenir.

    El derecho penal y la necesidad de traducir la experiencia

    Si La llamada expone la fragilidad de toda narración del daño, el derecho penal aparece, en contraste, como un lenguaje que no puede permitirse esa fragilidad. Para actuar, necesita traducir la experiencia en categorías relativamente estables: hechos, tipos penales, sujetos, responsabilidades. En ese movimiento de traducción se juega una tensión central del derecho moderno: la distancia inevitable entre la experiencia vivida y su formulación jurídica.

    El derecho penal no trabaja con relatos abiertos, sino con versiones depuradas de la experiencia. Para que una violencia exista jurídicamente, debe volverse legible dentro de un marco normativo previo. Esa legibilidad no es neutra: exige que el daño adopte una forma reconocible, que el sujeto se inscriba en una posición determinada y que el relato pueda ser ordenado de acuerdo con criterios de prueba, coherencia y causalidad. En ese sentido, el derecho no solo escucha: selecciona, jerarquiza y descarta.

    En ese seminario entendí que la figura de la víctima cumple un rol clave en ese proceso. No se trata simplemente de reconocer a quien ha sufrido un daño, sino de producir un sujeto jurídico apto para activar el sistema penal. Como señalan distintas autoras feministas, la víctima no es una categoría descriptiva sino una posición construida institucionalmente, atravesada por expectativas sobre cómo debe narrarse el daño, qué emociones son creíbles y qué comportamientos resultan compatibles con la experiencia de la violencia.

    El llamado “giro afectivo” en el derecho penal, lejos de resolver esta tensión, la complejiza. Como advierte Macón, las emociones ya no son vistas como un residuo irracional que debe quedar fuera del proceso, sino como elementos que ingresan al juicio para dotar de sentido a la experiencia de la víctima. Sin embargo, esta incorporación no supone una apertura ilimitada a la singularidad del relato. Por el contrario, el derecho tiende a reconocer solo ciertas emociones (dolor, miedo, indignación) y a desconfiar de otras (ambivalencia, vergüenza, distancia) que no encajan fácilmente en el guion esperado de la victimización.

    Los textos sobre violencia sexual en contextos de terrorismo de Estado permiten ver con claridad este problema. Durante décadas, la violencia sexual fue invisible para el derecho argentino, no porque no hubiera ocurrido, sino porque no encajaba en las categorías disponibles para nombrar el daño. Como muestran tanto Engle como los documentos de la UFI, para que esas violencias fueran reconocidas como delitos autónomos fue necesario reconfigurar el modo en que el derecho entendía la sexualidad, el poder y la guerra. La experiencia existía, pero no era jurídicamente decible.

    Este desajuste entre experiencia y categoría reaparece, de otro modo, en La llamada. El libro no narra un proceso judicial ni busca producir prueba. Sin embargo, deja ver con nitidez el costo subjetivo de toda traducción forzada. Labayru habla desde un lugar que no coincide plenamente con el que el derecho suele asignar a la víctima: no ofrece un relato lineal, no enfatiza siempre el daño, no se deja reducir a una identidad fija. En esa distancia se vuelve visible una pregunta que también atraviesa este trabajo: ¿qué sucede cuando el derecho penal, en su necesidad de clasificar, no logra alojar formas de narrar el daño que no responden a sus expectativas?

    Plantear esta pregunta no implica desconocer la función protectora del derecho penal ni minimizar la importancia del reconocimiento jurídico de la violencia. Implica, más bien, interrogar los límites de un lenguaje que, al intentar dar forma a la experiencia, corre el riesgo de empobrecerla. En ese punto, el problema ya no es solo jurídico, sino también político y feminista: cómo construir respuestas institucionales a la violencia sin exigir a las mujeres que ajusten su relato (y su identidad) a un molde que no siempre las representa.

    Consentimiento, deseo y vergüenza: lo que queda en el medio

    En las discusiones contemporáneas sobre violencia sexual, el consentimiento se ha convertido en la frontera jurídica por excelencia. Es el criterio que permite distinguir lo permitido de lo prohibido, lo legítimo de lo punible, la experiencia que merece reconocimiento penal de aquella que queda fuera del derecho. Sin embargo, como muestran varias de las autoras trabajadas en el curso, esa centralidad es también una de sus mayores limitaciones.

    Desde una perspectiva feminista crítica, el consentimiento aparece como una categoría necesaria pero insuficiente. Trebisacce advierte que el desplazamiento desde viejas moralidades sexuales hacia un régimen centrado en el consentimiento no elimina el malestar en torno a la sexualidad, sino que lo reorganiza. La pregunta ya no es si una práctica fue “decente” o “indecente”, sino si fue consentida. Pero esa nueva gramática no logra capturar la complejidad de las experiencias sexuales reales, atravesadas por ambivalencias, desigualdades, silencios, deseos contradictorios y afectos difíciles de nombrar.

    Franke profundiza esta crítica al señalar que el consentimiento jurídico opera como una ficción estabilizadora: presupone sujetos capaces de identificar claramente su deseo, expresarlo sin ambigüedades y sostenerlo de manera coherente en el tiempo. Esa presunción choca con la forma en que muchas personas viven (y recuerdan) sus experiencias sexuales, especialmente en contextos de violencia estructural. El derecho, en su afán por delimitar responsabilidades, tiende a ignorar esa zona gris donde el deseo no se presenta como afirmación clara, sino como algo frágil, confuso o incluso vergonzante.

    La vergüenza es, precisamente, uno de los afectos que el derecho penal menos sabe procesar. A diferencia del miedo o del dolor (emociones más fácilmente traducibles en términos jurídicos), la vergüenza desorganiza el relato. No impulsa a hablar, sino a callar; no refuerza la identidad de víctima, sino que la pone en tensión. Desde el punto de vista jurídico, la vergüenza aparece como un obstáculo: dificulta la denuncia, fragmenta el testimonio, introduce vacilaciones que afectan la credibilidad. Sin embargo, desde una perspectiva feminista, la vergüenza puede ser leída como una respuesta socialmente producida, íntimamente ligada a las normas que regulan la sexualidad y el género.

    En este punto, La llamada vuelve a ofrecer una escena elocuente. En los pasajes en los que Silvia Labayru se aproxima a su experiencia sexual durante el cautiverio, el relato no adopta la forma de una denuncia ni de una confesión. Hay incomodidad, desplazamientos, silencios.

    No se trata de una negación del daño, sino de una resistencia a nombrarlo bajo ciertas categorías. Esa resistencia no puede ser leída simplemente como falta de conciencia o dificultad para elaborar el trauma; también puede ser entendida como una forma de agencia, mínima pero persistente, que se ejerce en el modo de contar (o de no contar).

    La centralidad del consentimiento en el derecho penal sexual deja poco espacio para estas formas de narrar la experiencia. Cuando la pregunta jurídica se formula exclusivamente en términos de consentimiento, todo lo que no se ajusta a esa lógica queda relegado a la irrelevancia o a la sospecha. El deseo ambiguo, la vergüenza, la adaptación a situaciones extremas o la imposibilidad de decir “no” de manera clara tienden a desaparecer del análisis. En su lugar, se impone una narrativa binaria que simplifica la experiencia para hacerla jurídicamente operable.

    Esta reducción tiene efectos concretos. No solo condiciona qué experiencias son reconocidas como violencia, sino también qué sujetas y sujetos pueden ser reconocidos como víctimas. Aquellas mujeres cuyos relatos no encajan en la gramática del consentimiento (porque dudan, porque callan, porque no se reconocen a sí mismas en la figura de la víctima) corren el riesgo de quedar fuera del campo de protección jurídica. En ese sentido, el problema no es únicamente la definición del delito, sino el modo en que el derecho produce expectativas sobre cómo debe narrarse el daño para que sea creíble y atendible.

    Pensar el consentimiento desde esta perspectiva no implica abandonarlo como criterio jurídico, sino reconocer sus límites. Implica aceptar que hay una distancia inevitable entre la experiencia vivida y su traducción normativa, y que esa distancia se vuelve especialmente visible cuando entran en juego afectos como la vergüenza o deseos que no se dejan fijar con claridad. La llamada, al insistir en esos bordes incómodos del relato, permite interrogar críticamente un modelo jurídico que, en su búsqueda de certezas, corre el riesgo de silenciar aquello que no logra nombrar.

    El riesgo de quedar fijada en la categoría de “víctima”

    Si el consentimiento funciona como una frontera jurídica que organiza el reconocimiento del daño, la categoría de víctima opera como su consecuencia identitaria. Para que el derecho penal intervenga, no solo es necesario que un hecho sea tipificado como delito; también es necesario que quien lo padeció pueda ser reconocida, y se reconozca, en una posición determinada dentro del proceso. Esa posición no es neutra: viene acompañada de expectativas sobre cómo debe hablar, qué debe sentir y qué tipo de coherencia debe sostener en su relato.

    Las discusiones del curso mostraron que la figura de la víctima no es una simple descripción de quien ha sufrido una violencia, sino una construcción institucional atravesada por lógicas de poder. Como señalan García Hopp, el derecho penal tiende a operar con modelos idealizados de victimización que dejan poco margen para la ambigüedad. La víctima “legible” es aquella que puede narrar su experiencia de manera clara, persistente y alineada con las categorías jurídicas disponibles. Todo aquello que se desvía de ese modelo (dudas, silencios, contradicciones, beneficios materiales, vínculos afectivos con el agresor) aparece como sospechoso o directamente excluyente.

    Esta lógica se vuelve especialmente visible en los debates sobre trata de personas y violencia de género. Orellano lo plantea de manera contundente al cuestionar el binomio víctima- rescatada que estructura muchas políticas estatales. Desde su perspectiva, el problema no es la existencia de situaciones de explotación, sino la forma en que el Estado produce una identidad de víctima que anula la agencia de las mujeres involucradas y legitima intervenciones punitivas que no siempre mejoran sus condiciones de vida. La categoría de víctima, en estos casos, no solo habilita protección; también impone un modo específico de ser y de narrarse.

    El derecho penal parece oscilar, entonces, entre dos riesgos opuestos. Por un lado, la negación de la violencia cuando el relato no encaja en las expectativas normativas; por otro, la fijación identitaria cuando el reconocimiento jurídico exige adoptar una posición de victimización total. Esta tensión atraviesa buena parte de los debates feministas sobre punitivismo. Autoras como Goodmark Larrauri han mostrado cómo ciertas respuestas penales, diseñadas con la intención de proteger a las mujeres, terminan restringiendo su autonomía al imponer soluciones obligatorias y desatender la diversidad de estrategias con las que las mujeres enfrentan situaciones de violencia.

    La figura de la víctima-victimaria, desarrollada por García y retomada por Hopp en sus trabajos sobre trata y maternidades enjuiciadas, complejiza aún más este panorama. En estos casos, mujeres que han sido sometidas a contextos de violencia estructural pueden terminar siendo penalmente responsabilizadas por acciones u omisiones que el derecho interpreta como ejercicio de agencia. La experiencia de victimización no desaparece, pero deja de operar como elemento relevante a la hora de atribuir responsabilidad. El resultado es paradójico: la misma estructura jurídica que exige una víctima “pura” para reconocer el daño puede, en otros contextos, desentenderse completamente de la violencia previa para justificar la sanción.

    La llamada permite pensar esta tensión desde otro registro. A lo largo del libro, Silvia Labayru narra su experiencia sin asumirse plenamente en la identidad de víctima que el discurso público suele asignar a los sobrevivientes del terrorismo de Estado. Su relato no busca fijar una posición moral ni reclamar una identidad estable, sino recuperar fragmentos de una experiencia atravesada por contradicciones, ambivalencias y decisiones tomadas en condiciones extremas. Esa forma de narrar incomoda porque desafía la expectativa de un testimonio lineal y coherente, pero también porque resiste ser capturada por una categoría que, aun cuando reconoce el daño, corre el riesgo de reducir la complejidad de la experiencia.

    El problema, entonces, no es el reconocimiento jurídico de la violencia, sino el costo subjetivo y político que puede implicar ese reconocimiento cuando exige una identificación total con la figura de la víctima. Desde una perspectiva feminista, la pregunta no es solo cómo proteger a las mujeres, sino cómo hacerlo sin exigirles que congelen su experiencia en una identidad que no siempre desean habitar. En este punto, la crítica al punitivismo se cruza con una preocupación más amplia por la autonomía: no entendida como independencia absoluta, sino como la posibilidad de narrarse a sí misma sin quedar atrapada en un molde impuesto desde afuera.

    Escuchar sin capturar: autonomía, relato y límites del derecho

    Llegados a este punto, el problema ya no es si el derecho penal debe intervenir frente a la violencia, sino cómo lo hace y a qué costo. Las discusiones del curso permitieron ver que muchas de las tensiones que atraviesan el campo (consentimiento, victimización, punitivismo) no se resuelven ampliando categorías ni endureciendo respuestas, sino revisando las condiciones en las que se produce el reconocimiento jurídico del daño.

    Desde las teorías feministas de la autonomía relacional, este problema adquiere otra densidad. Autoras como Mackenzie Nedelsky han insistido en que la autonomía no puede pensarse como una capacidad individual abstracta, sino como una práctica situada, sostenida (o erosionada) por relaciones, instituciones y marcos normativos. En ese sentido, la pregunta por la autonomía de las víctimas en el proceso penal no se agota en la posibilidad de denunciar o de consentir determinadas intervenciones estatales. Incluye, también, la posibilidad de narrarse a sí mismas sin que esa narración sea inmediatamente apropiada, simplificada o reordenada por el lenguaje jurídico.

    Aquí, la noción de escucha se vuelve central. No una escucha entendida como mera recepción de información, sino como práctica política e institucional. Escuchar implica aceptar que no todo lo que se dice será inmediatamente traducible, que no todo relato encajará en las categorías disponibles y que el silencio, la ambivalencia o la vergüenza no son necesariamente déficits de la experiencia, sino parte constitutiva de ella. Desde esta perspectiva, el desafío para el derecho no es solo ampliar su capacidad de nombrar la violencia, sino reconocer los límites de esa operación.

    La llamada ofrece una imagen elocuente de esta tensión. Guerriero no fuerza el relato de Labayru, no lo conduce hacia una verdad cerrada ni lo ordena para hacerlo más “comprensible”. La conversación se sostiene, precisamente, en el respeto por esos bordes: por lo que se dice a medias, por lo que se posterga, por lo que no se quiere nombrar. Esa forma de escucha no elimina el conflicto ni resuelve el daño, pero evita algo quizá más grave: la captura total de la experiencia por un marco que la excede.

    Trasladar esta lógica al derecho penal no es sencillo, ni quizá plenamente posible. El derecho necesita decidir, clasificar, intervenir. Sin embargo, reconocer esta tensión permite al menos formular una advertencia: cuando el reconocimiento jurídico del daño exige una narración clara, coherente y emocionalmente adecuada, corre el riesgo de producir nuevas formas de silenciamiento. No porque niegue la violencia, sino porque condiciona la forma en que esa violencia puede ser dicha.

    Desde un enfoque feminista, esta constatación no conduce a rechazar el derecho penal, sino a interrogar sus pretensiones de exhaustividad. Tal vez no se trate de pedirle al derecho que lo diga todo, sino de aceptar que hay experiencias que no pueden, ni quieren, ser completamente traducidas. En ese espacio de incompletitud se juega una concepción de la autonomía que no se agota en la decisión ni en el consentimiento, sino que incluye el derecho a decir, a callar y a narrarse sin quedar fijada en una identidad impuesta.

    Volver a La llamada al final de este recorrido permite reformular la incomodidad inicial con mayor claridad. La pregunta ya no es por qué Silvia Labayru no dice todo, ni por qué su relato no adopta la forma esperada del testimonio. La pregunta es qué hacemos (como sociedad, como feministas, como operadoras del derecho) con aquello que no se deja decir del todo.

    Los textos del curso mostraron que el derecho penal opera, muchas veces, sobre una tensión irresuelta entre protección y autonomía. En su intento por reconocer el daño, puede terminar exigiendo a las mujeres que habiten una identidad de víctima estable, coherente y legible. En su intento por garantizar justicia, puede silenciar zonas de la experiencia que no encajan en sus categorías. Frente a ese riesgo, pensar el derecho desde la escucha y desde los límites de su propio lenguaje aparece como un gesto necesario, aunque incómodo.

    No tengo respuestas cerradas para esto. Me queda, más bien, una inquietud: cómo construir formas de justicia que no obliguen a las mujeres a pagar el precio de una traducción total de su experiencia. Tal vez el desafío no sea elegir entre hablar o callar, entre consentir o denunciar, entre ser o no ser víctima, sino reconocer que la autonomía también se juega en ese espacio intermedio, frágil y a veces contradictorio, donde el daño existe aunque no pueda ser plenamente nombrado. Quizás escribir esto sea también una forma de aprender a escuchar mejor.

  • El otro día me crucé con un streaming en español y lo abrí más por curiosidad que por otra cosa, ya que anunciaban su regreso después de mucho tiempo fuera del aire. Quería entender quiénes eran, de qué hablaban, qué tono tenían. En medio de esa charla descontracturada con la que suelen comenzar este tipo de programas, la única mujer del panel dijo, entre risas, que se había dado cuenta de que para ella los ginecólogos no deberían ser guapos porque eso la hacía sentir incómoda durante la consulta. Y ahí me quedé tiesa. No incómoda en abstracto, tiesa. Lo primero que hice fue copiar el link y mandárselo a una amiga por WhatsApp con una sola idea en la cabeza: ¿qué pasaría si esto lo dijese un hombre?

    Honestamente, creo que la reacción sería inmediata. Probablemente lo pondríamos en el paredón. O, siendo más honestas todavía, lo mandaríamos directo a la hoguera. No tanto por la frase en sí, sino por todo lo que se activa según quién la diga.

    Y ahí empezó entre nosotras algo que me interesó más que el comentario en sí: un análisis sobre la diferencia en nuestra reacción. No si está bien o mal, no si es lo mismo o no es lo mismo, sino por qué reaccionamos distinto según quién diga qué. Porque si un varón dice que dejó de salir con una mujer por cómo tenía el cuerpo, la reacción aparece sola, casi sin procesamiento previo. Sabemos que hay historia, poder, cosificación, jerarquías que llevan décadas, incluso siglos, funcionando. Pero cuando esos comentarios aparecen entre mujeres, o en contextos donde esa asimetría histórica y simbólica no aparece de forma tan evidente, la reacción se vuelve más lenta, más dudosa, a veces, silenciosa.

    Acá aparece una incomodidad que, al menos para mí, es interesante en sí misma. Porque el feminismo muchas veces se piensa hacia afuera (contra estructuras, contra discursos, contra desigualdades evidentes) pero también existe hacia adentro, en esas zonas donde no hay respuestas automáticas, donde una no sabe si intervenir, cómo intervenir o si siquiera corresponde intervenir. 

    Tal vez parte de la dificultad esté en que convivimos con dos verdades al mismo tiempo. Por un lado, que no todo comentario sobre cuerpos tiene el mismo peso estructural. Y por otro, que incluso quienes cuestionamos esos sistemas seguimos habitando una cultura que nos enseñó a evaluar cuerpos, jerarquizarlos y convertirlos en parte del lenguaje del deseo, del rechazo y de la pertenencia.

    Esa cultura no la sostienen solo los varones. La sostenemos todos y todas, muchas veces sin quererlo, muchas veces creyendo que estamos completamente afuera de eso. Y quizás por eso el feminismo, al menos como yo lo transito hoy, no se parece tanto a un lugar de coherencia moral perfecta, sino más a un ejercicio permanente de revisión. A veces incómodo. A veces contradictorio. 

    No somos sujetas políticamente puras. Somos personas atravesadas por la cultura en la que crecimos, por lo que aprendimos a desear, por lo que aprendimos a rechazar, por la necesidad de pertenecer, por las cosas que todavía estamos desaprendiendo. Y quizás el feminismo también sea esto: no tener siempre la reacción perfecta, pero sí tener la incomodidad suficiente como para no dejar de pensar y de (re)preguntar. Porque hay algo políticamente potente en poder decir que estas tensiones también existen entre nosotras, y que todavía estamos viendo qué hacer con eso.

  • Hace tiempo que tengo ganas de escribir sobre esto, aunque no es ninguna novedad que Rosalía sacó un disco nuevo (sí, llego tempranísimo a la tendencia). Venía amagando con escucharlo, pero la cantidad de análisis sobre si el disco funcionaba o no terminó generándome, por un tiempo, un rechazo bastante automático, como si todo ese ruido previo me hubiese arruinado la posibilidad de escuchar sin tener que tomar partido desde el minuto uno.

    Hasta que un día le puse play y, en un momento muy específico, cuando empezó Memória (un fado hermoso junto a Carminho) me quedó dando vueltas una idea que no se fue más: recordar nunca es recordar exactamente lo mismo, porque la memoria siempre reconstruye, traduce, acomoda.

    Y a partir de ahí aparecieron dos preguntas que parecen simples, pero no lo son: ¿Quién soy si no recuerdo? ¿Quién soy si otros dejan de recordarme? Con los días me di cuenta de que esas preguntas no eran solo mías. O, al menos, no solo de ese momento.

    La idea terminó de ordenarse en una conversación con una amiga y, entre las dos, reconocimos algo que veníamos sintiendo hacía tiempo: que estas preguntas también están atravesadas por la experiencia migrante. Porque migrar no es solo moverse geográficamente: es fragmentar la memoria. Es aceptar que partes de tu historia quedan distribuidas en lugares físicos y también en otras personas.

    En ese contexto, ella me habló de un libro de María del Mar Ramón (escritora colombiana a la que tengo pendiente leer más) y de la memoria como algo esquivo, como algo que una termina convirtiendo en “hecho” aunque muchas veces sea solo una versión, una interpretación, un relato que se fue sedimentando con el tiempo.

    A partir de ahí, la reflexión se volvió mucho más personal. Pensé en mis recuerdos repartidos en distintos lugares del mundo. En las ciudades donde fui una versión distinta de mí. En las personas que me conocieron en momentos que hoy ya no existen, salvo en la memoria. Y apareció una pregunta que no siempre se dice en voz alta: ¿esas personas todavía me recuerdan? Y, si lo hacen, ¿cómo me recuerdan?

    También apareció algo que no me sorprendió (porque, si soy honesta, lo pienso hace tiempo): los recuerdos que duelen también forman parte de mi identidad. En un contexto donde muchas narrativas (o reels de Instagram en realidad) hablan de “soltar” o “dejar atrás”, creo que hay algo incómodo en admitir que existe el deseo de sostener incluso lo que fue difícil, porque también construyó quién soy hoy.

    «Siempre que me acuerdo de algo
    Siempre lo recuerdo un poco diferente
    Y sea como sea ese recuerdo
    Siempre es verdad en mi mente
    Y si mi alma se derrama
    Y la falta de pasado es el olvido
    Cuando muera, solo pido
    No olvidar lo que he vivido.
    «

    Y volviendo a Rosalía, quizás por eso su canción me impacta de una forma tan directa. Porque nombra algo muy básico: el miedo a olvidar y, al mismo tiempo, el miedo a desaparecer del recuerdo de otros. Y creo que ahí hay algo que me interpela de forma muy concreta: incluso cuando duele, no quiero olvidar nada de lo que viví.

  • Hace unos días me encontré con un tweet que me hizo pensar en cientos de conversaciones con mi mamá. Este año cumple 66 años, es docente jubilada y, como pudo y como quiso, se tomó el trabajo de aprender a moverse en este mundo digital en el que ahora parece que todo pasa.

    El tweet es este:

    La palabra angustia fue la que más me hizo sentido, porque no pude evitar reconocerla en los mensajes de mi mamá.

    El tema, además, estaba muy presente en casa. Hace un par de semanas alguien le chocó el auto. Por suerte la persona tenía seguro y dejó todos sus datos. Pero el verdadero problema empezó después, con la burocracia del seguro.

    Justo unos miércoles atrás yo le había compartido a mi mamá y a mis hermanas un texto de Isabel Coixet. Y ese día, con todo lo del choque, mi mamá lo trajo a colación: “Hoy, justamente con lo sucedido con el choque, nos sentimos como dice ahí: las condiciones de existencia son insostenibles”.

    Seguido a eso, nos relató una escena que estoy segura no solo se parece a la que describía la persona del tweet, sino que debe ser mucho más común de lo que nos gusta imaginar.

    Una persona empleada por la empresa de seguros, según palabras de mi mamá, “con muy poca empatía ante dos personas mayores”, les cuestionó por qué no habían hecho la denuncia desde la página web, ya que para eso existe ese servicio.

    En ese reproche entraron suposiciones sobre su vida personal que ningún empleado o empleada debería permitirse hacer, como asumir que podía (o debía) recurrir a sus hijos para completar la operación digital.

    Mi mamá definió la sensación de ese momento así: “Intentaba hacernos creer que éramos unos inútiles”.

    Incluso le dijo al empleado algo que, cuanto más lo pienso, más justo me parece: “Vos trabajás en una compañía de seguros. Lo que vos interpretás como correcto entre las opciones, para mí no lo es”.

    Todo esto está lejos de ser un hecho aislado, sino más bien una experiencia cada vez más recurrente. Hoy casi todo mudó al espacio digital y los adultos mayores muchas veces no pueden (ni tienen por qué poder) ir al mismo ritmo de la tecnología.

    Mi mamá, por ejemplo, cuando se sienta tranquila frente al desafío de lo virtual, avanza a paso firme y puede resolver cosas que yo no sabría ni por dónde empezar.

    La deuda en materia de alfabetización digital con las personas mayores se vuelve cada vez más visible, pero el problema no se agota ahí. También se profundiza porque cada vez quedan menos puntos de contacto físico entre las empresas y las personas, y porque muchos sistemas están pensados desde la lógica de la eficiencia y no desde la experiencia real de quienes los usan.

    Según el «Dosier estadístico de personas mayores 2025» del INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina), casi el 39% de las personas de 65 años y más que no utilizan internet declaran que no saben cómo hacerlo. Además, el uso de tecnologías como computadoras e internet disminuye significativamente con la edad, mientras que el uso de teléfonos celulares es más común, aunque no siempre suficiente para realizar trámites complejos.

    Estos datos obligan a mirar el problema más allá de la “adaptación individual”. Para muchas personas, los espacios físicos de atención no son una preferencia: son la diferencia entre poder resolver algo o quedar directamente afuera del sistema.

    Para mi mamá y para mi papá, la existencia de una sucursal no es un capricho, es tranquilidad. Es la certeza de que, si un clic sale mal (o directamente no sale), todavía existe un lugar al que recurrir.

    Lo que estamos viviendo no es solo una época de adaptación tecnológica a ritmo acelerado, es la construcción de un sistema que, de a poco, deja de contemplar a quienes no pueden (o no quieren) vivir a la velocidad que exige.

    Trabajo hace años en marketing y publicidad, así que la conversación no me resulta ajena. Mucho se habla de UX, pero la experiencia de usuario no es solo que algo funcione rápido. Es que funcione para la mayor cantidad de personas posible, incluyendo las que se equivocan, las que dudan, las que necesitan ayuda humana. Si un sistema solo funciona para usuarios expertos, no es un buen sistema. Es solo un sistema optimizado para un grupo.

    En UX existe algo que se llama “edge cases: situaciones poco comunes o extremas que quedan fuera del comportamiento típico del usuario (por ejemplo, perder la conexión durante una transacción o intentar registrarse con un nombre extremadamente largo). En contraste, el “happy path” es el recorrido ideal, sin errores.

    Muchos sistemas se diseñan para el happy path y no para la vida real. La vida real es olvidarte una clave, no entender un paso, necesitar hablar con alguien o simplemente, equivocarte.

    Honestamente yo quiero que mi mamá pueda seguir aprendiendo cosas nuevas, pero también quiero que pueda equivocarse sin miedo o pedir ayuda sin sentirse menos.

    Ojo, no soy ingenua, ya sé que el mundo no se organiza alrededor de la inclusión, sino de la eficiencia, la velocidad y la optimización de recursos. Y eso también se traduce en cómo se diseñan los sistemas digitales, los canales de atención y las formas en las que las personas pueden (o no) acceder a servicios básicos.

    Reducir el problema a la “falta de alfabetización digital” es cómodo, pero incompleto. Porque también hay decisiones concretas: menos atención presencial, menos margen para el error, más procesos diseñados para quien ya sabe cómo moverse en ese entorno.

    Pero cuando el acceso a derechos, servicios o trámites cotidianos depende cada vez más de poder adaptarse a esa lógica, la brecha deja de ser solo digital y pasa a ser una brecha de ciudadanía.

    Por eso, cuando el progreso necesita dejar a tanta gente atrás para funcionar, deja de ser progreso. Es exclusión, aunque se presente bajo la etiqueta de la innovación.

  • Tres semanas que unieron mis geografías

    Cuando mi mamá y mi hermana confirmaron que venían a Luxemburgo, algo empezó a moverse adentro mío. No era ansiedad ni tampoco esa nostalgia anticipada que a veces aparece cuando se vienen emociones grandes. Era más bien una especie de expansión tranquila, como si una parte de mi vida que siempre existió lejos de ellas empezara, de a poco, a ponerse en camino hacia mí.

    A veces me preguntaba cómo iba a ser tenerlas acá, verlas caminar por las calles que camino todos los días, entrar a mi casa, convivir con mis rutinas, mis horarios, mis silencios. Había algo de vértigo, pero también una sensación de que estaba por pasar algo que venía esperando más de lo que podía darme cuenta.

    La llegada a París no fue la escena “de película” que había imaginado, esa de filmarlas salir por la puerta con caras de felicidad. Fueron casi tres horas de espera, reclamos, cansancio, una valija perdida y la frustración de mi mamá de no poder defenderse en su idioma. Cuando finalmente salieron, la filmación se había vuelto irrelevante, pero aun así sacamos una foto. Y en esa foto, la cara de Latte decía todo lo que nosotros no estábamos diciendo: una alegría desaforada, pura, casi exagerada. Como si él hubiera entendido mejor que nosotros lo que significaba ese momento.

    La valija perdida marcó los primeros días. Para otros podría ser un detalle, pero mi mamá había elegido cada cosa con una dedicación que conozco de memoria. No era lo material, era la preparación. El tiempo. Las expectativas puestas en estrenar algo acá. Lo que alguien le había regalado. Lo que hacía a su comodidad. Así que, entre caminatas, compras improvisadas y pequeños enojos que aparecían de golpe, fuimos armando algo parecido a una normalidad.

    En casa, les dimos nuestra habitación y nosotros dormimos en la cocina, lo cual terminó siendo más tierno que incómodo. Las mañanas tomaron una forma hermosa: mates y café, miel para mi mamá, mermelada de durazno y manteca para mi hermana, comentarios sueltos sobre lo que íbamos a hacer ese día o sobre nada en particular. Yo sabía, incluso mientras estaba sucediendo, que iba a extrañar esos desayunos en cuanto se fueran. Porque en Argentina el tiempo se comprime, se rompe, se reparte con el objetivo de ver a muchos. Acá no. Acá se estiró de una manera que no había vivido con ellas.

    El reencuentro de Ayelén con Latte fue una escena aparte. Ella lo conoció y cuidó cuando era casi un bulto tibio y peludo que había que alimentar cada pocas horas. Verla volver a tenerlo entre los brazos me tocó una capa en la que creo que conviven la ternura de quien hizo lo posible para que sobreviviera en el pasado y la sorpresa de verlo crecer conmigo. Sin que lo supieran, un día los grabé desde el balcón mientras ella lo bajaba a la calle. Los dos corriendo como si fueran chicos, como si la distancia no hubiera pasado nunca.

    Con Estrasburgo empezó lo más visible del viaje, pero lo más trascendental para mí de ese día no fue la catedral gigante ni los canales, sino ese momento en el que mi mamá, al salir, se emocionó y me dijo que todavía no podía creer que estuviera ahí. Que no le parecía real. Fue un golpe suave, una confirmación de que una aventura como ésta la estaba atravesando. Esa mezcla de incredulidad y emoción que solo le vi en momentos muy puntuales de mi vida.

    Durante las tres semanas aparecieron escenas que no sé si algún día se borrarán: el cumpleaños de Ayelén y una pastafrola que terminó siendo más dura que cualquier invierno luxemburgués; mi mamá mirando una película con Alejandro como si nada más existiera; nosotras tres perdidas en una tienda navideña repleta de cascanueces, bolas de nieve y adornos delirantes, mientras Ayelén literalmente se hacía pis; mi mamá posando feliz, casi orgullosa, al lado de un cono gigante de papas fritas en Bruselas; las comidas en bodegones alemanes, los schnitzel enormes, las cervezas compartidas; la tarde mojada en Vianden; la noche de empanadas árabes donde mi mamá por fin pudo conocer a Cami y a Sebas (uniendo así esos dos mundos que forman parte de mi vida); y ese fotomatón parisino diminuto donde entramos como pudimos y salimos en la foto como si fuéramos personajes recortados de una revista vieja.

    Hubo también momentos de conversación real, de esos que solo aparecen en algunos viajes a Córdoba cuando el tiempo alcanza para profundizar. Con mi mamá pude hablar de lo que le pasaba hoy por hoy y de lo que sentía que se movía internamente con este viaje; con Ayelén, en cambio, aparecieron sus preocupaciones, sus deseos futuros y también esas cosas que no siempre le escucho decir sobre lo que piensa de mí. Recibí su cariño en formas tiernamente torpes pero honestas, y tuve la sensación de que no estábamos compartiendo solo un viaje, sino partes nuestras que, por distintas razones, no siempre tienen dónde quedar.

    Y, como si el viaje necesitara un cierre simbólico, la valija apareció una semana antes de que se fueran. Mi mamá parecía recién llegada a Europa y yo le saqué una foto que es casi una metáfora perfecta: recuperar algo que pareció perdido y, en ese gesto, recuperar también una tranquilidad que le había faltado todos esos días.

    La despedida fue lo que tenía que ser: lágrimas, agradecimientos y una mezcla de orgullo y ternura imposible de traducir. Les pusimos localizadores a las valijas para que pudieran seguirlas desde el teléfono, como una manera simple de evitar nuevos sustos, o al menos de no quedarse otra vez sin información. Fue un gesto práctico, pero también una forma de cuidarlas un poco más en ese tramo final.

    Cuando la puerta se cerró, la casa quedó distinta. No vacía, sino cambiada. Con restos de miel en la alacena, la mermelada de durazno abierta, el olor de los desayunos compartidos, las risas todavía suspendidas en algún rincón. Y esa sensación de haber vivido algo que solo se entiende cuando la familia logra encontrarse lejos del lugar de origen.

    Vivir lejos tiene eso: una mezcla rara entre ausencia y presente extendido. Una aprende a querer en diferido, a saludar cumpleaños por WhatsApp, a perder rituales sin querer, a sostener vínculos como puede. Pero también, cuando la distancia se interrumpe y las personas que amás pisan tu casa, tu barrio y tu vida cotidiana, todo se siente como un regalo que no sabías cuánto necesitabas. Tres semanas alcanzaron para recordarme de dónde vengo, quién soy hoy y cómo, aun con el corazón repartido entre dos continentes, hay momentos que se pueden vivir completos. Y este fue uno de ellos.

  • Cuando tenía siete años caminaba con mi hermana más chica por la esquina de mi casa. Un auto se detuvo a nuestro lado. El hombre bajó la ventanilla y en un instante entendí que algo no estaba bien: tenía los pantalones bajos, un montón de revistas porno desparramadas en el asiento y se masturbaba frente a nosotras mientras me señalaba las imágenes.

    Le agarré la mano a mi hermana y apuré el paso. Era solo una cuadra hasta mi casa, pero suficiente para que esa escena quedara grabada en mi memoria con una nitidez dolorosa. Todo ocurrió de mañana, en una avenida transitada, a pocos metros de la puerta de mi casa.

    No fue la única vez. A los 15 o 16 años, un hombre estacionó frente a mí y mis amigas, y repitió la misma escena, sin vergüenza, a plena luz del día. Más tarde, ya en la facultad, me crucé con otro tipo escondido detrás de un árbol, bajándose los pantalones en la penumbra de Ciudad Universitaria (ese día volví sobre mis pasos para alejarme y para alertar a mis compañeras). Y en un boliche, un desconocido me metió la mano por debajo de la pollera mientras caminaba sola por un pasillo, después de salir del baño.

    Historias así tengo varias. Demasiadas (y mucho más detalladas). En un taller, hace como siete años, me pidieron que anotara la primera vez que sentí inseguridad por ser mujer y terminé dejando de escribir porque me abrumó darme cuenta de cuántas veces había pasado. Nunca lo pedí. Nunca correspondía. Simplemente pasó porque alguien decidió que podía hacerlo, porque soy mujer, porque nuestro cuerpo en el espacio público se les presenta como algo disponible.

    Estas anotaciones volvieron a mi mente ahora, a raíz de la entrevista que Pedro Rosemblat le hizo a Gustavo Cordera en Gelatina (y de la que todo el mundo está hablando). Cordera, que hace casi diez años dijo sin rodeos lo que no se enmarca en otra cosa más que en apología de la violación. Que a él, después de tanto tiempo, le vuelvan a dar un micrófono frente a miles de personas ya es indignante. Pero lo que más me molestó fue otra cosa: el descargo de Pedro.

    Dijo, más o menos, que lo que las mujeres sentimos frente a esas palabras es distinto, porque nosotras lo pasamos por el cuerpo y ellos, los varones, no. Sus palabras textuales fueron: «Se juegan otras cosas. Hay cosas que no se me juegan que se le juegan a las mujeres en el cuerpo cuando escuchan a una persona que dijo eso, que efectivamente a mí no me pasa». Y ahí fue cuando me atravesó la bronca.

    Porque yo no quiero que ningún varón tenga que vivir en su cuerpo lo que nosotras vivimos. No quiero que lo sufran en carne propia para entender. No lo considero necesario. Yo nunca fui violada y, aun así, cada vez que leo o escucho el testimonio de una mujer que sí lo fue, se me quiebra el alma en dos, LITERALMENTE. No necesito que me suceda a mí para comprender lo atroz que es.

    Entonces, ¿por qué un varón debería atrincherarse detrás de esa excusa para no hacerse cargo? ¿Por qué ese manifiesto de “a mí no me pasa” tendría que ser aceptable como argumento? La empatía no pasa por el cuerpo, pasa por la humanidad. Y si no se puede reaccionar con humanidad frente a la apología de la violación, ¿qué nos queda?

    No alcanza con que reconozcan que “nos pasa a nosotras”. Lo que necesitamos es que lo entiendan como un problema social, como una violencia estructural que requiere responsabilidad y acción. Porque mientras callen, miren para otro lado o se excusen, la violencia sigue teniendo cómplices.

  • En el centro de Luxemburgo hay una cafetería que resiste a su manera. Es una confitería con más de 150 años de historia que no tiene el aire cosmopolita de las cadenas que poco a poco van ocupando la ciudad. Es un espacio antiguo sin declararse como tal, incrustado entre edificios que arrastran décadas e historias.

    Adentro, el tiempo parece correr con otro ritmo. El personal (casi siempre mujeres) se mueve con una precisión distante. Quizás peque al confesarlo, pero no sonríen demasiado, hablan casi exclusivamente en francés, y cuando yo intento pedir en ese idioma con mi acento, claramente, extranjero, repiten la palabra como corrigiendo, sin juicio, solo reafirmando. Es un ritual extraño y, al mismo tiempo, familiar para mí.

    Me gusta sentarme en alguna de las mesas de la esquina. Desde ahí puedo mirar sin interrumpir, observar sin incomodar. Es un ejercicio de paciencia y ternura, porque lo que pasa entre esas mesas tiene algo de coreografía discreta.

    En una mesa, una señora se entrega con mucha calma a una copa de helado de frutilla y crema.

    En otra, dos mujeres llegaron lo más coquetas que pudieron: labios pintados, ropa elegida con cuidado, y el gesto ceremonioso de pedir unos eclairs de chocolate y un té para cada una.

    Una señora con audífono discute suavemente sobre el ticket de su café con la cajera.

    Otra, con apoyo motriz, entra por donde quiere, así que necesita que le abran una puerta-ventana para desencajar el andador y poder sentarse, finalmente, frente a una copa helada.

    En casi todas las mesas hay un andador «estacionado» al costado, como si fueran bicicletas en la vereda de un verano cualquiera.

    Mientras las miro, pienso en mis abuelos. Mi abuela, cuando aún podía salir, se preparaba como si el mundo la estuviera esperando: los rulos firmes, la falda planchada, las únicas perlas que tenía, la colonia que dejaba una estela fuerte. Era toda una producción para ir, quizá, a la casa de alguno/a de sus hermanos/as. La salida del mes, o del trimestre. Mi abuelo, en cambio, vivió más para cuidarla que para sí mismo. Después de que ella se fue, ya no tuvo mucho más que hacer. Muchas veces pienso que ninguno de los dos tuvo tiempo ni plata para disfrutar de una vejez en plenitud.

    Por eso, cada vez que vuelvo a esta cafetería y veo a esas personas acomodando bastones, estacionando andadores o saboreando un postre como si fuera un pequeño lujo, me pregunto qué habrá detrás. Si es un gesto rutinario, parte de un calendario marcado, o si es, para algunos/as, un acontecimiento que se preparó desde temprano en casa.

    Yo, desde mi rincón, lo único que siento es una ternura inmensa y un respeto silencioso. Porque en esa cafetería la vejez se hace visible y digna (con todo el privilegio que eso representa en la sociedad en la que vivimos hoy), en lo mínimo: en una taza de café, en una copa helada, en la obstinación de seguir saliendo al mundo.

    Tal vez sea solo un café más. O tal vez sea un pequeño triunfo contra la soledad.

  • A veces leer nos devuelve claridad. No porque lo que aparece en las páginas sea completamente nuevo, sino porque le da un nombre a algo que ya habitaba en nuestra mente. Eso me pasó hace unos días con dos palabras que hasta entonces no había hecho muy mías: necropolítica y sexilio.

    Al encontrarlas en un material de estudio, sentí una mezcla rara. Porque si bien los conceptos que señalan ya estaban en mi cabeza, nunca los había llamado de esa manera. En mi experiencia, muchas veces cargamos con ideas o intuiciones sueltas que orbitan como piezas dispersas; leer nos ayuda a ordenarlas, a ponerles nombre, a reconocer que tienen un lugar en un entramado mucho más grande.

    La necropolítica, entendida como la administración del poder sobre la vida y la muerte, ya la había rozado a través de otro concepto más familiar: la tanatopolítica. Pero mientras la tanatopolítica refiere a cómo los Estados regulan la vida a través del control de la muerte (por ejemplo, con políticas de seguridad, salud o castigo), la necropolítica va un paso más allá: señala qué vidas se consideran dignas de ser protegidas y qué vidas pueden ser expuestas, descartadas o directamente eliminadas. Es el poder de decidir quién vive y quién muere, y bajo qué condiciones.

    El sexilio, en cambio, fue un término novedoso para mí: el exilio forzado que sufren muchas personas por su identidad de género o su orientación sexual. Es la migración que no se da por hambre, ni por guerra, sino por amor, por deseo, por identidad. Es el destierro silencioso de quienes, al no poder vivir su orientación sexual o identidad de género de manera libre y segura en su país de origen, se ven empujados a huir. Detrás de esta palabra están las historias de quienes fueron expulsados de sus comunidades, de sus familias, de sus espacios más íntimos, simplemente por existir tal como son.

    El sexilio muestra otra cara de la violencia: aquella que arranca a las personas de su tierra sin disparar un arma, pero a través de la discriminación, la persecución social, el hostigamiento o las leyes que criminalizan sus cuerpos. Es un exilio doble: del país que se deja atrás y de la posibilidad de habitar el propio deseo en libertad.

    Y pienso en lo poderoso que es el lenguaje. Nombrar no es un acto menor. Ponerle palabras a lo que existe nos permite pensarlo, identificarlo, reconocerlo como parte de un sistema. Necropolítica y sexilio no son solo conceptos teóricos: tienen cuerpo, tienen rostro, y atraviesan a quienes migran forzadamente.

    Migraciones forzadas y cuerpos vulnerables

    La decisión de migrar puede sonar como un acto de libertad personal, pero rara vez lo es de manera pura. Cuando hay factores estructurales que expulsan (guerras, persecuciones, hambre, crisis políticas, violencias de género) esa migración deja de ser elección y se convierte en necesidad. Es lo que se entiende por migración forzada. Y es en esos procesos donde más se multiplican las formas de violencia: física, simbólica, institucional, estructural.

    Pero no todos los cuerpos migran en igualdad de condiciones. En el caso de las mujeres y niñas, la vulnerabilidad se multiplica. Migrar forzadamente puede significar huir de mutilación genital femenina, matrimonios forzados, crímenes de honor, violaciones, prostitución coactiva, violencia doméstica, feminicidios. Prácticas de violencia que no solo expulsan, sino que persiguen a lo largo del ciclo migratorio. Cada etapa del camino (la salida, el tránsito, la llegada, incluso la vida en destino) está atravesada por riesgos específicos que marcan de manera distinta a las mujeres.

    Ya en la vida cotidiana de quienes tienen el privilegio de vivir, estudiar y trabajar en su propio país, ser mujeres implica cruzar barreras, obstáculos y estereotipos. En un contexto de desarraigo forzado, esas dificultades se vuelven exponenciales.

    Un recuerdo en Brasil

    Mi primer acercamiento concreto al peso de estas vulnerabilidades fue en Brasil, el primer país al que migré. Tenía que entregar parte de mi expediente en la Policía Federal para obtener mi residencia permanente. La sala estaba llena, entre otros, de migrantes haitianos que huían de la crisis política de su país.

    Nunca voy a olvidar la cara de un hombre en la ventanilla contigua a la mía. Él solo hablaba francés. El oficial que lo atendía solo hablaba portugués. El funcionario le explicaba que su expediente ya estaba ingresado, que todo estaba en orden y que solo debía esperar a ser contactado. Pero el hombre no entendía. Y en su incomprensión, creyó que lo estaban por deportar.

    Su rostro se transformó: angustia, miedo, desamparo absoluto. Esa imagen se quedó grabada en mi memoria. Lo que para el oficial era un trámite rutinario, para él era la amenaza de volver a un país en crisis. Esa fragilidad en la que se encontraba no era solo circunstancial: probablemente la vivía a diario.

    Y pienso: si esa vulnerabilidad era tan visible y extrema en un hombre adulto, ¿cómo sería en una mujer? ¿Qué ocurre cuando esa escena se multiplica en cuerpos más expuestos, en quienes cargan con niñas y niños, en quienes son perseguidas además por su género o su identidad sexual?

    El privilegio de elegir

    Esa escena también me hizo pensar en mi propio lugar. Migrar, en mi caso, fue una elección y lo hice de manera ordenada, segura, con recursos. Eso es un privilegio.

    Muy distinto a quienes migran forzadamente, sin opción, empujados por la violencia estructural, bélica o de género. Para esas personas, el viaje no es una aventura ni un proyecto personal: es un salto desesperado para salvar la vida.

    Reconocer ese privilegio no implica culpa, sino responsabilidad (un tema muy recurrente en mis sesiones de terapia). La responsabilidad de no romantizar la experiencia migratoria, de no universalizarla, de entender que no todas las historias de movilidad se parecen, y de nombrar las desigualdades que las atraviesan.

    Por eso me parece tan importante seguir leyendo, aprendiendo, acercándonos a nuevos materiales. No para acumular teorías, sino para reconocer realidades. Para darle forma a aquello que a veces intuimos pero no sabemos cómo pensar. Para nombrar.

    Nombrar necropolítica. Nombrar sexilio. Nombrar las violencias que atraviesan a las mujeres y niñas en contextos de migración forzada. Porque poner palabras no elimina el dolor, pero nos permite reconocerlo, compartirlo y exigir que deje de repetirse.

    Aprender nuevos términos es, también, aprender nuevas formas de mirar el mundo. Y en ese ejercicio, tal vez podamos ampliar un poco más nuestra visión, sacudirnos la comodidad de la distancia, y comprender que estas realidades suceden todos los días, en todos los puntos del planeta, de maneras violentas y urgentes.